Las Minas Abandonadas del Desierto de Atacama

Fotos de Ivan y Karla

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Text de Ivan Kashinsky

Mientras manejábamos por el desierto más seco del mundo, nuestro jeep rojo, cansado y sediento empezó a quejarse. Paramos abruptamente justo afuera del pueblo fantasma de Chacabuco.  Las paredes coloridas se descomponían sobre las calles polvorosas que aun guardan los secretos de los miles de personas quienes alguna vez llamaron a este misterioso lugar, su hogar.  Cuando caía la noche, las sombras del pasado empezaron a emerger de los umbrales rotos y las risas, así como los gritos de terror, comenzaron a manifestarse en un viento malvado.

Los pueblos abandonados esparcidos por el Atacama, deben su existencia al nitrato que fue extraído del desierto rico en minerales.  El nitrato fue vendido a Europa quien lo usó como pólvora y fertilizante.   Esta parte norte de Chile pertenecía a Bolivia hasta la Guerra del Pacifico en 1884.  Bolivia subió ilegalmente los impuestos a este oro blanco, lo cual fue la chispa para empezar la guerra, dando como resultado la pérdida al acceso al océano, al control sobre el nitrato, y a las cantidades interminables de cobre. Este mineral aun es parte fundamental de la economía de Chile. Bolivia se arrepiente de sus decisiones hasta estos días.

A finales del siglo 19, miles de trabajadores empezaron a llegar al Atacama desde el sur para ganar dinero con el boom del nitrato.  Ellos fueron explotados y esclavizados por los dueños europeos.  En lugar de dinero se les pagaba con fichas plásticas, las cuales solo podían ser usadas en las tiendas de las minas.  Los trabajadores estuvieron atrapados en un sistema del cual nunca pudieron salir.  En diciembre de 1907 marcharon a Iquique para enfrentarse a los dueños y protestar en esperanza de ganar algunos derechos básicos.  La sangre corrió cuando los militares dispararon sin compasión a los miles de hombres con sus familias en la que se conoce como “La matanza de Iquique.” Esta es una de las muchas sombras que cuelgan sobre el pasado obscuro de Chile.

 

Una década mas tarde, los trabajadores empezaron a ver algunos cambios mejorando sus derechos humanos.  Pero el boom estaba cerca de su fin.  Los alemanes inventaron un nitrato sintético y en 1938 los pueblos como Chacabuco fueron  abandonados.

Una vez mas en 1973 las pequeñas celdas de Chacabuco, en las cuales sufrieron tantos mineros, fueron llenadas por un nuevo grupo de gente: prisioneros. Pinochet usó a Chacabuco como campo de concentración.  Gente ordinaria de quien se sospechaba serían un peligro para el dictador, fue enviada al medio del desierto.  Sufrieron tortura psicológica al vivir rodeados de campos minados, alambres de púas, y guardias armados.  María Schöne, quien cuida ahora Chacabuco, me contó que irónicamente los prisioneros llenaron de vida al pueblo fantasma. Se crearon talleres donde enseñaron a la gente teatro, música, y arte.  En 1974, el campo fue cerrado y Chacabuco quedo vacío una vez mas. 

Las celdas de Chacabuco quedaron cubiertas con los pensamientos de estos prisioneros quienes escribieron sobre sus oscuras paredes.  Desafortunadamente, los militares llegaron y rayaron sobre todos estos sentimientos en un intento de borrar cualquier evidencia de que esta mina de nitrato sirvió de campo de concentración.

En los últimos días de nuestra estadía en el Atacama, visitamos Puelma.  Caminando por el cementerio de esta mina, me topé con  ataúdes desenterrados. Los cuerpos, perfectamente conservados por el clima seco, estaban al descubierto. Se había robado los cráneos y joyas de los indefensos mineros. Parado, al lado del esqueleto de un bebé expuesto al sol del desierto, me invadió una profunda tristeza. La gente que vino aquí y sufrió había sido arrancada de la tierra y esparcida por el desierto.

Con ayuda de nuestros nuevos amigos del Atacama, arreglamos nuestro carro y nos dirigimos rumbo al norte a Perú, pasando por mas minas abandonadas en el camino. Cada una era un recordatorio del extraño pasado con el que nos tropezamos en medio del Atacama.

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La Vega Central, Santiago de Chile

Fotos por Ivan y Karla

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Texto por Ivan Kashinsky

A las cuatro de la mañana, el frío insoportable del invierno de Santiago empieza a comer la piel y penetrar en los huesos. Los cargadores, que halan gigantescos carros llenos de productos, se juntan en torno a un montón de basura con sus brazos extendidos. Ellos se calientan con el calor de un fuego de 2 metros de alto. Para batallar el frío y su palpitante dolor muscular, los trabajadores prenden un porro, aumentan aguardiente a su café o toman Navegado, una mezcla de vino, jugo de naranja, limón y azúcar. Pronto, el ambiente se vuelve más ligero, chistes vuelan por el aire con facilidad, y uno puede ver que el mercado La Vega Central es una gran familia.

Ricky es un hombre 68 años que ha estado trabajando en la Vega desde los cinco, cuando ayudaba a vender pollos y conejos a su papá. Cuando su padre murió, el se hizo cargo, y cuando él muera, sus hijos seguirán con el negocio familiar. Con una voz ronca grita sus bajos precios a la gente que pasa. Entre anuncios murmura: “Hay tiempos buenos y malos aquí en La Vega, pero siempre se sobrevive.” A pesar de que su negocio se ha incendiado tres veces, la única sombra del pasado que se cierne sobre él es Pinochet. Su rostro arrugado cambia y se agrandan sus ojos cuando comienza a hablar sobre el dictador. “Fue un tiempo muy oscuro”, me dice. “Usted no podía decir nada malo sobre el gobierno. Había gente caminando por aquí que escuchaba, y si lo oían a usted, los militares venían y le llevaban lejos. ”

La gente del mercado amaba a Allende y al movimiento socialista. Jorge Ahumada, quien ha vendido perejil durante 40 años, recuerda cuando Castro vino a visitar. “Le di la mano,” dice con orgullo. “Él era como un oso grande. Ahora él está flaco y viejo.” Todas las mañanas, Jorge se despierta a la 1 de la mañana para manejar una hora a La Vega y ser uno de los primeros en llegar. “A veces nos tomamos el miércoles libre”, admite.

Inmigrantes de Brasil, Perú, Bolivia y Ecuador trabajan codo a codo con los chilenos. A pesar de que La Vega es como una familia, la competencia existe, y los comentarios racistas se escapan con facilidad. Un hombre se refiere a los peruanos como una plaga que ha caído sobre el mercado. Los ecuatorianos venden plátano verde y en su tiempo libre organizan juegos de ecua-volley. Un brasilero con un “mullet” gigante de churos, se hizo amigo mío. Gana 40 lucas (40 000 pesos) al día, equivalente a 80 dólares, lo que le representa buen dinero. Pronto me contó de sus cinco hermosos hijos y también de sus cinco hermosas amantes.

 Otros personajes importantes son los gatos del mercado. Estos  se acuestan en las montañas de ajo o se esconden en las sombras de los tejados encima de las pescaderías. Ellos juegan una parte integral en la vida de La Vega. Por la noche, los gatos entran a las bodegas de almacenamiento y hunden sus dientes en jugosas ratas escondidas en las entrañas del mercado. Sin embargo, los felinos de la Vega desempeñan un papel mucho más importante al de su función práctica. Para las almas solitarias, como Rafael Merchant, los gatos son algo a que aferrarse. Por los pasajes oscuros del mercado, donde la luz solo entra por agujeros del techo de sin, el les devuelve la vida a los gatos heridos. Les limpia sus piernas temblorosas y crea lugares cálidos, donde los gatos se enroscan por la noche. Las peludas criaturas le dan mas a Rafael que el a ellas. Ellos le dan un lugar para proyectar su amor, una razón para levantarse cada mañana y venir al mercado.

 Hay también un lado oscuro en el mercado. Convenientemente situados en la periferia de La Vega, se puede encontrar bares donde cada peso ganado se puede gastar rápidamente en remedios para el dolor. Me siento en uno de los bares llamado “La Chica Patti,” con un cargador de apodo Chuck Norris, porque parecía el doble del actor. Chuck prende su décimo cigarrillo y se sirve un vaso de cerveza oscura. Le digo: “Fumar mata, sabes.” Él rápidamente responde: “Pero las mujeres son más peligrosas.” Son sólo las 11 de la mañana del martes y los trabajadores, lento pero seguro, beben hasta el olvido. El hombre en la mesa junto a nosotros cae dormido en sobre su mesa. Chuck me mira, “No le va a pasar nada. Todos le cuidamos como familia. Aquí está seguro,” me asegura. “En un rato, va a despertar y salir de aquí.”

Y así lo hace.

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Los Chilotes de Teuquelín, Chiloe

Fotos por Ivan y Karla

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Texto por Karla Gachet

La isla de Chiloe se encuentra en la region de Los Lagos en la costa sur de Chile. Los primeros habitantes fueron los Chonos y luego los Cuncos y Huilliches. Estos pueblos adoptaron el catolicismo traído por los conquistadores, pero no dejaron completamente de lado sus propios conocimientos sobre los usos de las plantas como medicina o como veneno. En el año 1880, en Ancud, se condujo el “proceso a los brujos de Chiloé”, en el que fueron llevadas a juicio decenas de personas que declararon pertenecer a una sociedad secreta llamada Recta Provincia.  La iniciación consistía en borrar el bautismo lavando la cabeza del iniciado con sangre de recién nacido no bautizado. Luego se le ponía al iniciado  un chaleco, el Macuñ, hecho con la piel del pecho de una vírgen  muerta, que le permitía volar. Todo esto se lo celebraba con un suculento banquete de carne de “guagüita” asada.

“Disculpe señor, como podemos llegar a la isla de Teuquelin?” El hombre nos miró y dijo entre dientes, “Allá hay brujos.”  Los barcos solo llegan a Teuquelín, un islote perteneciente a Chiloe, un dia a la semana o cuando hay una emergencia.  Los únicos habitantes son la familia Peranchiguay quienes se dice habitaron la isla hace 200 años. Hoy en dia quedan los mayores, algunas mujeres y cuatro niños. La juventud ha salido, y solo ocho familias sobreviven de su tierra, el mar y la luga, un alga que se cosecha y se vende para hacer shampoo o pañales. Bajo la luz de la luna cruzamos terrenos y bosques obscuros hasta que llegamos a la casa del tío Lucho, quien había muerto hace algunos meses. Nos recibieron Ceci y Misha, y sin conocernos nos trataron como familia. Esa noche también nos visitaron los brujos en sueños.

 El árbol familiar de los Peranchiguay tiene tantas ramas entrecruzadas que es difícil decodificarlo.  David tiene 86, tataranieto de Basilio, quien se dice fue uno de los primeros de la isla. El tio David estuvo casado con su prima María Orfelinda por 50 años, ella murió hace tres. Todos los dias le prende una vela a la foto de su esposa y todavía le pide permiso cuando sale a algun lado. Lucila, su hija, estuvo casada por veinte años pero su marido resultó mas enamorado del alcohol y no podía tener hijos. A los cuarenta y mas tuvo a su hijo sola y recogiendo luga se construyó su casa.

La madre de Abdón, tia de David, nació en un barco que venía de Punta Arena a Chiloe. El aniversario de su muerte fue celebrado con rosarios, chicha de manzana, prieta, milcao y mucha carne de cerdo, vaca y gallina. Durante los rezos se convocó a toda la familia de la isla y de fuera. Abdón se casó a la vejez con su prima Edna y adoptaron a Brian, a quien le dieron todo. Brian nunca llegó a los festejos. Abdón realizó su fortuna rentando cuartos a los trabajadores de las salmoneras que habitaron en un tiempo la isla. Hace unos años vino una enfermedad que mató a todo el salmón y al negocio de Abdón.

El Varguita, otro primo, vive solo. Dicen que hace tiempo se enamoró de una niña a la que le prometió casarse y no le cumplió. Ella se fue para la cordillera  y nunca volvió. El tomo mucho por esto, tuvo otros hijos pero nunca se hizo cargo. Nadie lo viene a ver. Hace unos dias se cayó estando “curado,” y no ha podido pescar desde entonces. El otro solitario, Nolo, es primo lejano. El realiza trabajos para todos los de la isla a cambio de techo y comida. Nadie pregunta porque está en la isla ni de que huye, habla poco y su mirada se pierde en el horizonte. 

La abuela, Dorila, casada con el ahora difunto Augusto Peranchiguay, tiene 85 y disfruta de tomar hierba mate en la mañana y tarde. Recuerda que la costumbre vino en los años 60 cuando hubo un terremoto en las islas y parte de las donaciones para los damnificados fueron sacos de hierba mate que llegaron de la Argentina.  Su nieta, Doris, es vecina de Andrea. Las dos tienen hijos varones de la misma edad y el mismo padre. Andrea vive con el papá del niño y con su suegra Celmira.  Luego de huir de un marido abusivo, Celmira se juntó con Manuel de 95, el mas antiguo Peranchiguay. Manuel tiene una tos crónica y pasa sus dias sentado cerca  a la cocina de leña que calienta el hogar.

El tio Alejandro sale en su canoa a remo para buscar a su hija Claudia, de nueve años, a la otra isla donde estudia en un internado. De regreso, les acompaña una ballena quien nada junto a la pequeña embarcación. La madre, Norma, espera en la orilla con la mano en el pecho rezando para que lleguen a salvo del animal. La tia Norma trabajaba de empleada en la Isla Desertores donde los Peranchiguay fueron a la escuela.  Muchos años mas tarde, el destino la llevó a Alejandro y tuvieron una niña aunque los doctores le habían dicho que no era posible por su avanzada edad. Ellos viven de la cosecha de la papa y del amor de su niña en la casa del faro.

Los hermanos Fauri y Cito viven apartados de los demás y los conocimos solo en sueños. Casi nunca salen a la luz. Se dice que gustan mucho de la chicha de manzana y que se hunden en su dulzura. Cuando alguien cruza por su casa, salen endiablados dos perros negros a mostrar sus colmillos. De vez en cuando se ve humo salir de su cocina , como si de pronto se acordaran de que hace frio. Su vida y secretos, como los de todos los demás, flotan en las islas del sur. Cada personaje con su historia única y a la vez universal a todas las familias embrujadas de latinoamerica.

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Por la Carretera Argentina

Fotos por Ivan y Karla

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Texto por Ivan Kashinsky

Después de sufrir de inanición en el altiplano del sur de Bolivia, los filetes de carne gruesos y jugosos se deslizaron fácilmente por mi garganta. No se puede encontrar un restaurante vegetariano en la Tierra de los Gauchos. Los Gauchos, o vaqueros argentinos, casi han desaparecido a excepción de uno muy especial llamado Gaucho Gil. Al parecer, Gil robó a los ricos y dio a los pobres, pasando de Robin Hood a la santidad. Para la gente del campo argentino es más popular que el mismo Jesucristo.

 Aproximadamente cada cinco millas llegamos a los santuarios dedicados al difunto Gaucho. Entre decenas de banderas rojas, las personas han dejado de todo: cabello humano, copas de vino, zapatos de fútbol, etc,  todos con la esperanza de que el Gaucho les proteja. Asi mismo, han dejado pequeñas figuras que lo representan. Un día encontramos una vieja figura del Gaucho, su rostro estaba desgastado por el tiempo y en descomposición por el duro sol del desierto. Decidimos ser traviesos y lo hurtamos de su legítimo lugar en el santuario. COSAS TERRIBLES EMPEZARON A SUCEDER. Paramos en el siguiente santuario y depositamos a nuestro pequeño Gaucho con sus banderas rojas y ofrendas. El universo se volvió a alinear y todo volvió a la normalidad. Con el Gaucho no se juega.

 Seguimos para la capital, a esta no se la llama “el París de América del Sur” por nada. A fines del siglo diecinueve, cuando Buenos Aires ganó mucha plata por la carne que se exportaba, la ciudad fue derribada y reconstruida para parecerse a París. No estaba seguro donde estaba cuando caminaba por las calles de la ciudad. Podría haber sido Nueva York. En cambio, en San Telmo, un famoso barrio bohemio, tuve la sensación de que estaba en La Habana. Era como un lugar que alguna vez fue increíblemente rico y ahora lentamente decae. Ancianos de gruesos lentes estudian sus periódicos y meseros elegantes traen capuchinos mientras la luz de la mañana entra por las antiguas ventanas de cristal y bañan el piso a cuadros.

 Siguiendo al sur y para matar el aburrimiento que se apoderaba de nuestras almas mientras manejabamos día tras día a través del frío y monótono paisaje de la Patagonia oriental, tomamos hierba mate. Olvídate del café. El tomar hierba mate se convirtió en más que un ritual. Era una forma de vida. Sin ella, simplemente no podíamos existir. Para aquellos que no saben, la hierba mate se coloca en una pequeña calabaza seca. Se agrega agua caliente, y luego se absorbe con una pajilla de metal. Suena extraño, pero es impresionante. La tradicional bebida caliente nos acompañó todo el camino hasta el Estrecho de Magallanes, donde abordamos un ferry y cruzamos a la Tierra de Fuego.

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Los Tres Amigos en Argentina

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Tierra del Fuego: La poesía del fin del mundo

Fotos por Ivan y Karla

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Texto por Karla Gachet

En el fin del mundo no hay McDonalds.

La expectativa de llegar a Tierra del Fuego comenzó en algún punto de la Patagonia Argentina. El paisaje por los últimos cinco días había  sido una eterna planicie de pastos amarillentos de lado y lado del camino. De vez en cuando, un rebaño de cientos de ovejas alegraba el paisaje. La tierra de los fueguinos está separada del continente por el estrecho de Magallanes, donde los dos mares que bañan a América se encuentran y hacen el amor.

La Gran Isla, una vez habitada por tribus nativas, hoy es compartida por Chile y Argentina. Las enfermedades y las balas del “hombre blanco” acabaron en menos de un siglo con cuatro mil años de existencia de los primeros habitantes.  Lo que aún no ha logrado matar el hombre blanco es el escenario de fondo. Seguíamos hacia el sur, y de repente se nos cruzaron los imponentes Andes, sólo que estos iban de este a oeste. Sin saberlo, estábamos a punto de presenciar el show mas increíble de nuestras vidas puesto en escena por la madre natura.

Al sur del sur, los árboles conversan todo el día y a veces se visten de colores pastel.

Si tendría que explicar el paisaje desde un punto de vista exclusivamente sensorial seria: color rojo-anaranjado,  ambiente frío y seco, olor a limpio, sabor a hielo. Y todo transcurre en silencio, aunque si se presta atención, se logra escuchar los murmullos. De coincidencia, habíamos llegado en otoño, la mejor época del año para visitar las tierras de la punta sur del continente. Irónicamente, los árboles en su agonía  se visten de colores saturados de vida.

Tampoco nos imaginábamos que el invierno estaba solo a la vuelta de la esquina.

Por primera vez en mi vida comprendí  a Ansel Adams.

Nunca me había  interesado la fotografía paisajista o de naturaleza.  Simplemente no era lo mío. Ushuaia, la ciudad mas austral del mundo, era el clímax de nuestro viaje. Luego de caminar por las calles sin rumbo fijo, no encontramos algo que nos llame la atención. La ciudad estaba desolada por no ser temporada  alta. Sólo se sentía el respiro de las moles de nieve que rodean la ciudad y que se miran de frente con un mar azul marino oscuro. Por ese mismo mar pasó Darwin en el Beagle aproximadamente doscientos años atrás. El también buscaba pistas.

En la oficina de turismo nos dieron el mapa de la ciudad donde encontramos la entrada al parque nacional que estaba a cinco minutos de nuestro hotel.  Fuimos para conocer y nos quedamos todo el resto del día jugando con cámara en mano en un paraíso de colores surreales, formas simples y calladas  o complejamente ruidosas. A cada paso que dábamos, se nos entregaba un nuevo regalo natural. Las posibilidades eran infinitas, la belleza entraba por el ojo y se regaba por el cuerpo como un cáncer. Esa noche llovía y la temperatura bajo a los menos cero. Nos quedamos cuatro días mas.

El panorama se aclaró… tal vez porque nevó.

La naturaleza nos había tendido una trampa. Estábamos totalmente adictos al parque, a sus sensaciones, tonos, contrastes y espacios negativos. Tomamos la decisión mas arriesgada de todo el viaje y saltamos el límite mental. Nuestra historia iba a ser sobre ella, siempre lo supimos, pero el miedo a lo desconocido no nos había dejado  ir en contra de nuestros prejuicios fotográficos.

Estar en el parque cambió quien soy, tanta belleza y perfección no puede ser solo una serie de afortunadas coincidencias. Pensar que como especie estamos destruyendo a un ser tan vivo y hermoso resulta inaudito. En el fin del mundo aún hay magia y los animales se ponen abrigos con capucha. Aquí el celular pierde la conexión, solo hay germinación, vida, muerte y resurrección.  Así de simple.

De repente la naturaleza se desaturó.  Amaneció de blanco y negro.

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Ceci y Meme: Tango en “El Caminito”

Fotos por Ivan y Karla

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Texto por Ivan Kashinsky

No era muy claro si eran novios o solo amigos. Creo que ni ellos lo sabían. Tenían una química  que irradiaba de sus cuerpos entrelazados y se regaba a los espectadores en olas tangibles.  Ceci y Meme eran como el Ying y el Yang. Ceci, una tormenta violenta de pasión incontrolable, y Meme, el ancla que no la dejaba salir volando disparada fuera del escenario. Bailar el Tango era su vida. Bailaban todo el dia para turistas y en la noche en milongas regadas por la insomne ciudad de Buenos Aires. Meme decía, “Voy a dormir cuando me muera.”

Ceci se sentía  en familia cuando entraba a las milongas. Sus abuelos la trajeron a los clubs desde los catorce, talvés demasiado jóven dice ella. Bailarines mayores la tomaron a cargo para protegerla y enseñarle el camino. El ritmo calmante de los danzantes aplacaba su nerviosa energía y amaba sentir la magia al bailar. A Meme le gustaba ir a las discos, pero cambió este estilo de vida por los clubs de tango.  Allí no tenía que empujar a nadie para comprar un trago, no eran necesarios guardias de seguridad y la noche nunca terminaba en una pelea. Ceci amaba improvisar y Meme era el compañero perfecto, dejándola expresar su ser interior a través de sus movimientos y comenzando el diálogo entre sus cuerpos.

Se dice que el tango nació en los burdeles del puerto del Río de La Plata a finales del siglo 19. Era practicado en los cabarets de “El Caminito,” la pequeña calle donde ahora Meme y Ceci bailan para los turistas. La gente de “Good Airs” no veía  bien al tango, y de repente estalló su popularidad en los años 40. Luego, la necedsidad del rock n’ roll opacó la danza tradicional hasta que otra vez se puso de moda en los ochentas. Como resultado, el tango se saltó una generación.  A Memé le enseñaron sus abuelos y los padres de Ceci no lo aprendieron hasta después. Hoy en día, las milongas están llenas de gente de todas las edades moviéndose apasionadamente  a media luz a través de la pista de baile.

Me abracé a la espalda de Meme mientras nos escabullíamos por el tráfico de la autopista. “Has tenido algún accidente?” grité con nerviosismo.

“Solo cuantro veces,” me dijo, “pero ninguno fue mi culpa.” Estábamos camino al gimnasio donde Meme despejaba su mente del trabajo y los clubs de baile. En Argentina, los hombres están acostumbrados a darse besos en la mejilla cuando se saludan. Pasé la siguiente media hora besando a hombres sudados.

De vuelta en casa, Meme ayudó a su hermana menor, Rocío, con sus pasos de baile. Mientras tanto, su papá, Manuel, cocinaba tortillas de papa y una milanesa y se quejaba de la mala economía del país.  Entré al cuarto de Meme y me di cuenta que el estaba saliendo de su etapa de adolescente. Un poster gigante de los Simpsons estaba pegado en su pared junto a uno de Bob Marley. Me explicó que cuando era mas jóven el era una mezcla entre un “Rollinga” y un “Rasta.”  Eso significa que le gustaban los Rolling Stones y también el reggae.

Regresamos a una milonga, donde nos encontramos con Ceci y el resto de los bailarines de tango de El Caminito. Meme empezó a besar a otra bailarina de su grupo mientras Ceci pretendía  no estar celosa. A las 2 a.m., una pareja famosa de tango se presentó en el lugar. Misteriosamente se deslizaron por la pista de baile como vampiros de otra época. El show terminó y la noche apenas comenzaba. El grupo de amigos cantó, bailó y rió por la calles desiertas de Puerto Madero. Todo el grupo de bailarines era muy sensual y las líneas entre hetero, gay y bi sexual eran borrosas, o a veces inexistentes.   

Al siguiente día, Ceci y Meme bailaron con loca pasión. Los turistas devoraban comida exageradamente cara,  mientras la pareja  flotaba sobre las notas de la guitarra y el acordeón. Al final de la noche, contaron sus propinas sobre el piso de un cuarto atrás del restaurante. Luego, todos nos dirijimos a la casa de Ceci. Saltamos desde un bus a un tren a un taxi, y llegamos finalmente a la casa de los papas de Ceci en un barrio residencial en las afueras de Buenos Aires.

Sentados en un hermoso patio trasero, comimos choripanes y tomamos vino. Ceci, sus amigos, sus padres, su hermano de catorce, los amigos de él, y nosotros, discutimos temas desde política hasta música pirata y nos dieron las cuatro de la madrugada. En la mañana vi a Ceci envuelta en los brazos de Meme. El sol de la mañana se regaba por las cortinas bañando sus caras con una hermosa luz dorada. Recordé algo que me había dicho Ceci, “Soy naturalmente impulsiva, desorganizada y demasiado sensible. Meme es mas relajado. Somos mas fuertes de lo que somos por separado cuando los dos nos moldeamos para formar un todo.”

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