La Vega Central, Santiago de Chile

Fotos por Ivan y Karla

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Texto por Ivan Kashinsky

A las cuatro de la mañana, el frío insoportable del invierno de Santiago empieza a comer la piel y penetrar en los huesos. Los cargadores, que halan gigantescos carros llenos de productos, se juntan en torno a un montón de basura con sus brazos extendidos. Ellos se calientan con el calor de un fuego de 2 metros de alto. Para batallar el frío y su palpitante dolor muscular, los trabajadores prenden un porro, aumentan aguardiente a su café o toman Navegado, una mezcla de vino, jugo de naranja, limón y azúcar. Pronto, el ambiente se vuelve más ligero, chistes vuelan por el aire con facilidad, y uno puede ver que el mercado La Vega Central es una gran familia.

Ricky es un hombre 68 años que ha estado trabajando en la Vega desde los cinco, cuando ayudaba a vender pollos y conejos a su papá. Cuando su padre murió, el se hizo cargo, y cuando él muera, sus hijos seguirán con el negocio familiar. Con una voz ronca grita sus bajos precios a la gente que pasa. Entre anuncios murmura: “Hay tiempos buenos y malos aquí en La Vega, pero siempre se sobrevive.” A pesar de que su negocio se ha incendiado tres veces, la única sombra del pasado que se cierne sobre él es Pinochet. Su rostro arrugado cambia y se agrandan sus ojos cuando comienza a hablar sobre el dictador. “Fue un tiempo muy oscuro”, me dice. “Usted no podía decir nada malo sobre el gobierno. Había gente caminando por aquí que escuchaba, y si lo oían a usted, los militares venían y le llevaban lejos. ”

La gente del mercado amaba a Allende y al movimiento socialista. Jorge Ahumada, quien ha vendido perejil durante 40 años, recuerda cuando Castro vino a visitar. “Le di la mano,” dice con orgullo. “Él era como un oso grande. Ahora él está flaco y viejo.” Todas las mañanas, Jorge se despierta a la 1 de la mañana para manejar una hora a La Vega y ser uno de los primeros en llegar. “A veces nos tomamos el miércoles libre”, admite.

Inmigrantes de Brasil, Perú, Bolivia y Ecuador trabajan codo a codo con los chilenos. A pesar de que La Vega es como una familia, la competencia existe, y los comentarios racistas se escapan con facilidad. Un hombre se refiere a los peruanos como una plaga que ha caído sobre el mercado. Los ecuatorianos venden plátano verde y en su tiempo libre organizan juegos de ecua-volley. Un brasilero con un “mullet” gigante de churos, se hizo amigo mío. Gana 40 lucas (40 000 pesos) al día, equivalente a 80 dólares, lo que le representa buen dinero. Pronto me contó de sus cinco hermosos hijos y también de sus cinco hermosas amantes.

 Otros personajes importantes son los gatos del mercado. Estos  se acuestan en las montañas de ajo o se esconden en las sombras de los tejados encima de las pescaderías. Ellos juegan una parte integral en la vida de La Vega. Por la noche, los gatos entran a las bodegas de almacenamiento y hunden sus dientes en jugosas ratas escondidas en las entrañas del mercado. Sin embargo, los felinos de la Vega desempeñan un papel mucho más importante al de su función práctica. Para las almas solitarias, como Rafael Merchant, los gatos son algo a que aferrarse. Por los pasajes oscuros del mercado, donde la luz solo entra por agujeros del techo de sin, el les devuelve la vida a los gatos heridos. Les limpia sus piernas temblorosas y crea lugares cálidos, donde los gatos se enroscan por la noche. Las peludas criaturas le dan mas a Rafael que el a ellas. Ellos le dan un lugar para proyectar su amor, una razón para levantarse cada mañana y venir al mercado.

 Hay también un lado oscuro en el mercado. Convenientemente situados en la periferia de La Vega, se puede encontrar bares donde cada peso ganado se puede gastar rápidamente en remedios para el dolor. Me siento en uno de los bares llamado “La Chica Patti,” con un cargador de apodo Chuck Norris, porque parecía el doble del actor. Chuck prende su décimo cigarrillo y se sirve un vaso de cerveza oscura. Le digo: “Fumar mata, sabes.” Él rápidamente responde: “Pero las mujeres son más peligrosas.” Son sólo las 11 de la mañana del martes y los trabajadores, lento pero seguro, beben hasta el olvido. El hombre en la mesa junto a nosotros cae dormido en sobre su mesa. Chuck me mira, “No le va a pasar nada. Todos le cuidamos como familia. Aquí está seguro,” me asegura. “En un rato, va a despertar y salir de aquí.”

Y así lo hace.

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5 comentarios

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5 Respuestas a “La Vega Central, Santiago de Chile

  1. Fernandito Vega

    buena… buena… cada historia es un verdadera aventura y que bakan que estén de regreso.
    Una bestia Chuck Norris.
    Dino, Mony, Alejita
    Bendiciones

  2. catalina Alvarez

    me gustaria poder comunicarme con gente que trabaje en la vega central tengo una persona muy querida que s trabaja ahy y no lo he podido ubicar por favor si ahy ahy alguna persona qu trabaje ahy y pueda ayudarme escribame a mi correo

    kkaattiittaa@hotmail.com

  3. pricila

    necesito que me envien un mapa donde salga la vega de santiago con todos los puestos que tengan el nombre la rosita

  4. Ingrid

    Qué gran deleite leer y ver sus fotos, casi hasta puedo sentir los aromas y olores que quisieron escabulirse a su lente. Pero
    ahí están…
    Me gustaría saber más de sus vivencias, parece que hay tanto que decir en cada foto, me quedo ávida por descubrir a través de ustedes y su trabajo nuestra tierra americana.

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